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POR TANTA CUESTA DE TIERRA…

Yo no había visto nunca
subir un río de luz
por una cuesta de tierra,
hasta que subiste tú,
río de luz del saciar,
a este alto de inquietud.
¡Qué vientos por las orillas,
qué caídas de lo azul,
qué verdes llenos de chispas,
qué olores a juventud!
Todo eterno aunque lo hundieras,
río, subiéndolo, tú.
¡Trayéndolo tú hasta mí!
Y en mí, tu ardiente virtud
se remansaba lo mismo
que en su lugar de trasluz.
Una infinitud de fuente
saciaba mi plenitud.
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