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Beso profano y sublime

Besaban sus labios los luceros
las estrellas iluminaban su ofensa,
y la luna, testigo vidente,
escondíase tras las nubes
ruborosa de presenciar,
y a su vez orgullosa de ocultar,
el sublime pecado,
la sublime ofensa,
que los luceros cometían
 en el fresco pétalo de la durmiente
y alli, en la inmensidad oscura,
seguían parpadeando, zalameras,
las estrellas celosas,
 al ver que los luceros,
galantes,
besaban los labios de una doncella.
Pero la dama azorada,
despertó con la tibia caricia
escondió sus jazmines en el bello tul
y dejó con sus amores
a los luceros y a las estrellas.
 
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